Datos personales

Mi foto
Ramiro Sanchiz (Montevideo, 1978). Ha publicado 17 libros, entre ellos las novelas "El orden del mundo" (2014, El Cuervo, La Paz, Bolivia; primer premio de narrativa édita del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay), "El gato y la entropía #12&35" (Estuario Editora, Montevideo, Uruguay), "Las imitaciones" (2016, Décima Editora, Buenos Aires, Argentina) y "Verde" (2016, Fin de Siglo, Montevideo, Uruguay). Escribe regularmente crítica para el periódico montevideano La Diaria. Se ha desempeñado como jurado del premio Casa de Las Américas (2016), el Fondo Concursable del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay (2011) y del premio Onetti de la Intendencia de Montevideo (2016). Ha sido traducido al francés, el alemán, el inglés y el italiano.

lunes, 21 de noviembre de 2016

tres novelas

Hace ya algunos años que me resigné a que este blog recibiera apenas material de corte autobiográfico: historias de libros que publicaba, repasos del año, listas de lecturas y poco más. La mayor parte de las reseñas propuestas desde alguna forma de interés crítico terminaron acaparadas por otros de mis blogs, Lecturas Rasantes e Historietas Rasantes, y dado que desde que nació mi hija Amapola debí administrar de manera más eficiente el tiempo para escribir, mucho de lo que terminaba en Aparatos simplemente desapareció; a la vez, los blogs como plataforma han reclamado funciones mucho más específicas que las comunes en 2008 o 2009 o incluso antes, y cosas como simplemente compartir un video o una cita funcionan sin duda mejor en otras redes.

Sin embargo, ciertas lecturas que no han de cristalizar (sea por la razón que sea) en una reseña o que están marcadas por otra manera de leer, ajena a lo que más o menos responde al concepto de "crítica" y más cercana al de "autobiografía", acaso podrían abrirse camino hacia un lugar como este. Así, en los últimos días leí algunos libros a los que reaccioné emocional e intelectualmente de una manera que reclamaba un tratamiento aparte. Se trata de El hermano mayor, de Daniel Mella, Los ojos de una ciudad china, de Daniel Peveroni y #RGB, de Juan Manuel Candal. Y extendiendo un poco más esa tónica autobiográfica que terminó por conquistar este blog aparece una manera de dar cuenta de estas lecturas. Las tres son novelas con las que -sin proponérmelo ni operando al principio de manera conciente o deliberada- terminé por establecer relaciones de tipo personal, centradas en cosas (o maneras, o procedimientos) que se me impone escribir. Sobre esas relaciones, entonces, va este post.

La novela de Daniel Mella fue reseñada hace poco por Gabriel Lagos, en un artículo especialmente fértil y sugerente. Ya he dicho por allí que Mella ocupa un lugar especial, diría privilegiado, en el mapa posible de la literatura uruguaya más reciente; es un lugar problemático, a la vez, en tanto su obra fue asociada en un primer momento a la de escritores mayores que él (Gabriel Peveroni, Gustavo Escanlar, Ricardo Henry) que, de una manera que sin duda debe ser repensada, operaban desde ciertas estéticas en común y con códigos diríase políticos compartidos. Esa fase tardonoventera de la producción de Mella abarca tres libros, dos de ellos algo envejecidos hoy pero fundamentales (en particular el segundo) para el proceso de la literatura uruguaya; se trata de Pogo (1997), Derretimiento (1999) y Noviembre (2000), en la que parecía adivinarse un proceso de cambio o acaso transición. Pero esas señales fueron cercenadas por el silencio que se impuso Mella durante la década del 2000, una agrafía que terminó por delinearle aún más el perfil de esa figura -ese personaje-autor cargado de narrativa, digamos- que proponía a la narrativa uruguaya y que llegó a su fin recién en 2013, con el compilado de cuentos Lava. En este contexto de lectura, El hermano mayor termina por atraer esas lecturas en proceso ya no tanto de los libros en sí mismos (y está claro que no existe algo así como los libros en sí mismos, que en rigor no podemos pensar sino en nodos en redes complejas) como de esa figura de autor (usaría el término personaje si no pareciera reclamar connotaciones negativas, del mismo modo que pose), para construir una modulación específica de la autoficción.
 
Lagos, en su reseña, da cuenta de un momento especialmente proclive a la autoficción en la literatura urugauya reciente, que se nutre de la última novela de Gustavo Espinosa, de algunos libros de Roberto Appratto, Carlos Rehermann y, diría que especialmente, el libro/álbum/novela Cielo 1/2, de Amir Hamed. Me resulta especialmente interesante pensar en las modulaciones de ese fondo (o procedimiento) autoficcional que aparecen en estas obras, y en el caso de Mella creo que esa suerte de "historia literaria" de su vida ofrece un entramado profundo a mucho de lo narrado. En cualquier caso, se trata de una novela que, artificios aparte (o en otro pliegue de esos artificios, mejor) impone su escritura sentida y "visceral", por usar un término que resonaba con la obra temprana de su autor. Es imposible defenderse ante todos los golpes que da El hermano mayor; gracias a la reseña de Lagos la leí con un ojo especialmente atento a ciertos procedimientos narrativos (en especial el trabajo sobre los tiempos verbales), pero bastaba con conectar a otro nivel para que esa construcción del dolor por la muerte del hermano (y de la reorganización de la red familiar profundamente afectada por ese asalto) terminase imponiendo una lectura en cierto sentido más simple -la que terminaba por postular a un autor que comunica su experiencia con el dolor- pero a la vez más potente, más capaz de abrirse camino hacia una emotividad básica e intensa. Y, de hecho, la leí de un tirón, en un ómnibus hacia Tacuarembó. Esa manera de leerla sin duda potencia parte de su propuesta: se ha llegado a una zona -las novelas, a diferencia de los cuentos, que son cosas que pasan en lugares, son lugares en los que pasan cosas- cifrada en palabras, a un paisaje interior que vive en la respiración, la lógica y las opciones de palabras de una manera tan nítida que otros ejemplos de esa clase de logro literario ofrecidos previamente por Mella parecen estadios tentativos en una evolución que ahora ha alcanzado un punto deslumbrante.
 
Terminado el libro no pude dejar de pensar que yo jamás escribiría una novela así. Y que, por lo tanto, debía intentarlo. Y esa sensación terminó de formatear en mi cabeza la novela de Mella: era algo ajeno a mí (a mi representación de mí) pero que reclamaba una conexión. Y lo hacía con urgencia.
 
Algo similar operó con Los ojos de una ciudad china, de Gabriel Peveroni, lectura todavía en proceso (leí hasta la mitad del libro y debi interrumpirme para avanzar en una lectura anterior que también reclama reseña; después decidí recomenzar desde el principio desde otra forma de atención y terminar por efectivamente leer el libro dos veces, cosa de que cuando dijera en la reseña "este es un libro que reclama múltiples lecturas" la afirmación no fuese meramente retórica), pero en este caso el lugar de relacionamiento con mi propio proyecto era casi el reverso exacto del que operó en mí desde la novela de Mella. Esta era una novela más cercana, digamos, algo que yo podría escribir (aunque no sé si debería). Sin duda a Peveroni le interesa escribir de una manera digamos "comunicativa" y, a la vez, debió decidir en algún momento que la complejidad de su proyecto no pasaría necesariamente por un nivel digamos micro, el de la oración o el párrafo (a mí me interesa más operar a un nivel más fractal, en el que las complejidades rimen). También me pareció evidente que su manera de construir historias asume a asuntos a los que yo no tiendo naturalmente, pero la construcción a gran escala de la novela (y su espectro de personajes, temas y escenarios: Ziggy Stardust, Shanghai, Hiroshima, la narrativa como proceso y no tanto como resultado) no pudo sino resonar con las cosas que quiero hacer.

Los ojos de una ciudad china es algo así como un tercio de una obra más grande, una novela de un millón de caracteres (algo así como 240.000 palabras, es decir, en términos Sanchiz, tres El gato y la entropía en un solo libro) en perpetua expansión, y hay que sacarse el sombrero ante Peveroni, ante el riesgo asumido y la voluntad de, bueno, simplemente escribirlo (y hacerlo tan bien, por otra parte)Es también una novela fragmentada, cercana en ese sentido tanto a la pluralidad de voces de Los detectives salvajes (se impone el término novela coral, pero nunca me gustó) como a las múltiples facetas en el Proyecto Nocilla de Agustín Fernández Mallo, y ninguno de mis libros, estrictamente hablando, operan desde ese procedimiento. Así que, en síntesis (y en ese mismo viaje a Tacuarembó), Los ojos de una ciudad china se me impuso como un texto deslumbrante a la vez que extremadamente cercano (del mismo modo que El hermano mayor había aparecido como todo lo contrario) que me proponía un método todavía no explorado. Ambos libros estaban llamándome a escribir, entonces, y se me ocurre ahora que ante su obvia calidad -se trata sin duda de dos novelas deslumbrantes, de esas que no se ven fácilmente en la literatura uruguaya, llena de novelitas grises- mi ego de escritor sólo podía responder convocando una tarea, un plan, un yo puedo (incluso cuando se desprendía, como con la novela de Mella, de un yo no puedo).

La lectura de #RGB, que precedió a las otras mencionadas por una semana y un par de días, operó desde un terreno similar al de Los ojos de una ciudad china, pero más exacerbado. Era, en síntesis, como estar leyendo una novela ya escrita por mí. Quizá yo lo hice, de hecho, hace meses, y algo o alguien después reformateó mis recuerdos y, de paso, creó a Juan Manuel Candal en tanto persona relevante en mi vida, convocando una serie de recuerdos que ahora yo exploraría como la colección de fotos de Rachel en Blade Runner. 

 Hay cosas que hace Candal en su novela, de todas formas, que yo no hice jamás y que probablemente no pueda hacer de modo digamos natural (es decir, sin previo plan, disciplina o convencimiento de que debo), pero el andamiaje de su novela opera exactamente en ese lugar donde se combina lo que nos gusta leer con aquello que quisiéramos escribir; y digo exactamente porque hay algo de foco preciso, de breve exploración o movimiento tenso hasta que, como en la operación de unos binoculares, el foco queda clavado y definido. #RGB ofrece un mecanismo de proliferación engañosamente simple -y digo engañoso porque hasta la mitad del libro es fácil creer que su funcionamiento está acotado desde el principio y que sus trucos operan en una dirección clara- pero, rebasada la mitad del libro, las cosas empiezan a desplazarse, a extrañarse, tanto que al final el "significado" de lo que leemos, si bien lingüísticamente evidente, desaparece: no sabemos con qué relacionarlo. Eso no es un logro menor; la novela es brillante por muchas cosas, sin duda, pero esa suerte de lectura que hace de sí misma y de lento apartarse de los canales que  instaló en el lector a lo largo de sus primeros episodios la vuelve un objeto extraño, un libro único. ¿Y para qué escribir cosas que no lo sean, en última instancia? Bueno, para contar la proverbial (y aburrida) "buena historia" , pero con Candal compartimos el desinterés por esa opción.

Es curioso como #RGB pasa la mitad de su extensión (o poco menos) enseñándote a leerla y despúes comienza, lentamente, a apartarse de esa lectura, a hacer poco a poco un vacío. Terminado el libro el lector debe teorizar, debe llenar esa ausencia, y en ese sentido funciona del mismo modo que Lost (otro de los referentes comunes que tenemos con Candal), optando no tanto por ofrecer la consabida narrativa "sin cabos sueltos" (que tanto puede ofrecer en bandeja la lectura como darle al lector la clave para obtenerla él mismo: en el fondo ambas opciones, si bien la segunda parece más compleja y de alguna manera "literaria", son lo mismo) sino más bien erosionando la posibilidad de reconocer qué es un cabo, si todo lo es, si nada lo es, si el concepto tiene sentido en el contexto de la narrativa ofrecida. Está el famoso dicho de Chejov sobre el revólver que vemos en el primer acto, pero en #RGB uno no está seguro, al final, de si vio un revólver. Quizá era otra cosa, que se prevee más interesante. 

Hay además una vocación enciclopédica en la novela, pero que ocupa un lugar extraño, una suerte de semitono entre el optimismo iluminista, por llamarlo de alguna manera, que hace de ese saber inevitablemente parcial ofrecido en el libro una sinécdoque de uno total del que nos separa apenas un proceso lineal, una continuidad, y la opción digamos desencantada que elimina, en última instancia, toda pretensión de conocimiento y pensamiento. Candal no disuelve su universo de referencias en una enciclopedia china absurda (ni su narrativa se cancela en el ya gastadísimo gesto a la César Aira), pero tampoco sostiene que podamos ir pasando de pantalla hasta dar vuelta el juego del universo: es más bien que en alguna parte, y no sabemos dónde, no podemos saber dónde, nos saldrá al cruce una kill screen. Y ahí se acabará el juego, pero en el desmoronamiento de caracteres y pedazos de tantos paisajes de la era digitial, pareidolia mediante, creeremos ver esa cara esquiva, la que veníamos buscando. 
Por cierto, Kill Screen es un buen título para una novela. Debería/quisiera/voy a proponerle a Juan la escritura a cuatro manos, incorporar un acápite de Los ojos de una ciudad china e incluir, en alguna parte, una escritura tan dolorosamente intensa como la de Mella en El hermano mayor.





No hay comentarios: